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CUANDO «SER DIFERENTE» TE ENCUENTRA CON LA MUERTE

Escrito por el 11 mayo 2021

Alireza Fazeli Monfared tenía solo 20 años y fue decapitado por sus propios familiares cuando el Ejército desveló su homosexualidad.



El pasado 4 de mayo, Alireza Fazeli Monfared murió asesinado por parte de sus familiares tras conocer su orientación sexual. El informe de destitución del Ejército iraní dictaminaba que Alireza, Ali, era homosexual. El asesinato del joven fue informado por la red iraní de lesbianas y personas transgénero, 6Rang (Seis Colores), a quien identificaron a la víctima como Ali «Alireza» Fazeli Monfared, de tan solo 20 años de edad.

Ali vivía en Khuzestan con su familia y, tras llegar a casa, su hermanastro le dijo que su padre quería verlo, y lo subió en el coche hasta Borumi, donde lo asesinaron brutalmente durante la noche, llegando a ser decapitado. Su cuerpo se encontró un día después, bajo unas palmeras. El mismo hermanastro confesó el hecho a la madre con una frase demoledora: «lo hemos matado». Tras escuchar las palabras, la madre tuvo que ser hospitalizada por un estado de shock.

Dos de los tres implicados en el asesinato son familia de Ali. Se enteraron de su orientación sexual tras recibir una carta en casa durante la ausencia del joven. La carta contenía la tarjeta de exención del servicio militar, donde se revelaba la orientación sexual de la víctima.

Su hermanastro solía criticar la forma de vestir y de ser de Ali, según declaraciones de Aghil, amigo de la víctima, que decía que su hermanastro se sentía «deshonrado» y «avergonzado». Aghil Abyat, amigo de la víctima, ha declarado para IranWire, que la intención de Ali era vender su teléfono móvil y viajar a Turquía, pedir asilo en Europa y empezar una nueva vida lejos de su familia.


Humillante, doloroso y aberrante, encontrar la muerte de mano de aquellos que son tu familia, de aquellos que deben protegerte. Actos como este, deshumanizan a quienes los cometen, pero también a quienes no los condenan y a quienes gobiernan manteniendo leyes en su jurisprudencia que amparen el asesinato por «ser diferente».


Según la Ley Sharia de la República Islámica de Irán, la homosexualidad se castiga con la muerte. En Irán el ser LGTBI está penado con la pena de muerte.

Este es un ejemplo más, de lo mucho que queda por hacer en materia de defensa de derechos de las personas LGTBI en muchas partes del planeta. Parece mentira, que en la época en la que estamos, existan sitios en los que se cometen actos tan aberrantes como este, asesinando por  el fanatismo religioso, por el honor de una familia. Alí encontró en su familia la muerte y de la mano de aquellos que convivían con él, porque el ejercito desveló su orientación sexual, basándose en el comportamiento, la forma de vestir o por sus publicaciones en redes.


Una orientación sexual o identidad de género diferente de la considerada normal puede tener consecuencias fatales en muchos lugares del planeta.



Más allá de los 11 países que condenan la conducta homosexual con la pena de muerte, las personas con una orientación sexual o identidad de género diferente de la considerada normal pagan un alto precio por ser ellas mismas en demasiados lugares del planeta. Incluso aunque se guarden mucho de manifestar sus preferencias sexuales en público, la mera sospecha de que son diferentes puede costarles multas, años de cárcel… o la vida.

Según el último informe Homofobia de Estado, publicado en diciembre de 2020 por la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex (ILGA, según sus siglas inglesas), 69 Estados miembros de la ONU todavía criminalizan los actos sexuales consensuales entre personas adultas del mismo sexo (67 por disposiciones legales explícitas y 2 de facto).

En seisde ellos -Arabia Saudí, Brunei, Irán, Mauritania, Nigeria (12 estados del norte) y Yemen-, la pena de muerte esun castigo legalmente prescritoEn otros cinco –Afganistán, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán, Qatar y Somalia- la pena de muerte podría llegar a imponerse siguiendo ciertos códigos legales o religiosos, pero hay menos certeza jurídica sobre la situación.

Los datos acerca de la aplicación de estas sentencias de muerte son escasos. El informe de la ILGA narra el caso de dos hombres y un muchacho de 17 años condenados en 2015 por homosexualidad en la provincia de Ghor, Afganistán. La sentencia, emitida por un tribunal de justicia paralela, estipulaba como método de ejecución «el aplastamiento mediante derribo de pared». La caída del muro mató a los dos hombres e hirió al adolescente, a quien le permitieron conservar la vida.


En julio de 2020 Sudán abolió la pena de muerte como castigo por relaciones sexuales consensuales entre personas del mismo sexo.


La organización concluye: «casos como este ponen de manifiesto los límites difusos entre la aplicación de la pena de muerte y las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias llevadas a cabo por mecanismos de justicia no oficiales». El informe sí recoge información más concreta sobre Irán, en donde documenta ejecuciones de reos acusados de distintas prácticas homosexuales en 2019, 2018, 2017 y años anteriores.

En medio de esta sinrazón hay también buenas noticias: en julio de 2020 Sudán abolió la pena de muerte como castigo por relaciones sexuales consensuales entre personas del mismo sexo, aunque este tipo de relaciones sigue siendo castigado.



Crímenes de odio contra la diversidad sexual


Más allá de amenazas legales, la vida de las personas LGTBI corre peligro en multitud de países, debido a su exposición a crímenes de odio (delitos que se cometen contra personas o bienes debido a su relación, real o supuesta, con un grupo definido por una característica protegida, como el origen étnico, la religión, la orientación sexual o la identidad de género).

Las personas transgénero son víctimas preferenciales de dichos crímenes. Según los datos recogidos por Transgender Europa en su Observatorio de Personas Trans Asesinadasentre 2008 y septiembre de 2020 murieron asesinadas 3.664 personas transexuales en el mundo. Todas ellas asesinadas por prejuicios discriminatorios.

La organización deja claro que no son cifras exactas, pero asegura que reflejan tan solo la «punta del iceberg» de la violencia que sufren las personas trans en todo el mundo.

De las 3.664 muertes registradas por el observatorio, 1.520 han sido documentadas en Brasil; 528 en México; 271 en Estados Unidos; 180 en Colombia; 126 en Venezuela y 107 en Honduras.

Durante esos 12 años en España han sido asesinadas 13 personas trans. Un número muy lejos de los registrados en los países de las América y algunos de Asia, pero igualmente notable.



Sin protección en México y Centroamérica


Las amenazas a la vida de las personas LGTBI son especialmente preocupantes en Mesoamérica. Sobre todo en México y en los países del triángulo norte – Guatemala, El Salvador y, sobre todo, Honduras-, como demuestra el informe de Amnistía Internacional Sin lugar que me proteja.

El texto concluye que «ante la falta de opciones para resguardar sus vidas e integridad en sus propios países (centroamericanos), hombres gays y mujeres trans optan por huir y buscarprotección en otros países como México o Estados Unidos. Sin embargo, para muchas de estas personas el camino está pavimentado de nuevos actos de violencia y discriminación a manos de grupos criminales y autoridades».

Los datos de la violencia contra las personas LGTBI en Centroamérica son estremecedores.

De acuerdo a la ONG hondureña Red Lésbica Cattrachas, desde 2009 hasta julio de 2017 se reportaron 264 asesinatos de personas LGBTI (152 hombres gays y 86 personas trans) en Honduras. La ONG COMCAVISTRANS reportó un total de 28 ataques graves, la mayoría asesinatos, contra personas LGBTI en El Salvador entre enero y septiembre de 2017.

Carlos, un solicitante de asilo hondureño entrevistado por Amnistía Internacional en 2017 contaba: «Mi amigo fue a poner una denuncia y ni bien había terminado de poner la denuncia que ya estaban en su casa de él. Otro amigo fue a poner la denuncia y en el camino lo mataron». La violencia sufrida por sus amigos y por él mismo -«me golpearon, me intentaron asesinar… solo por ser gay»– le llevó, como a miles de otras personas no heterosexuales, a huir de su país.

Ni siquiera la civilizada Unión Europea está libre de crímenes de odio. En 2018 el transformista activista queer griegoZak Kostopoulos fue golpeado brutalmente por dos hombres al entrar en una joyería del centro de Atenas. Tras la agresión, la policía intentó detener con violencia a Zak, que agonizaba en el suelo y que falleció a causa de las múltiples lesiones sufridas.

Su madre contaba un año más tarde cómo su lucha para obtener justicia le ayudaba a sobrellevar la muerte de su hijo: «Debemos mantener la lucha, garantizar que toda vida humana sea valorada y tratada con respeto».


Vidas rotas


A veces, los crímenes de odio o la homofobia estatal o la transfobia no acaban directamente con las vidas de las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans o intersexuales, pero las destrozan de manera tan brutal que dejan a esas personas convertidas en verdaderos juguetes rotos.

Esta fue la causa de la muerte de Sarah Hegazi, feminista queer egipcia que en un concierto se atrevió a ondear la bandera arcoíris. Como reflexionaba la investigadora de Amnistía Internacional Nadia Rahman, «estos breves instantes de esperanza en que decidió celebrar sin reservas quién era, cambiaron su vida. Y, tres años después, se la arrebataron».

Una semana después del concierto, Sarah fue arrestada, junto con unas 30 personas más, y sometida a abusos sexuales, tortura y detención arbitraria durante tres meses por “pertenencia a un grupo ilegal”. Tras ser puesta en libertad sin cargos el 2 de enero de 2018, se exilió en Canadá, pero sufría un serio trastorno de estrés postraumático.

Un año después de su arresto escribió desde Canadá un artículo sobre su depresión y sus intensos ataques de ansiedad y pánico. Explicaba que sentía un miedo y un aislamiento constantes y que no había podido volver a Egipto para despedir a su madre, fallecida mientras Sarah estaba en el exilio.

Todo el horror vivido queda patente en la nota manuscrita que Sarah dejó al morir, el 14 de junio de 2020: “A mis hermanos y hermanas: intenté redimirme y no lo logré, perdónenme. A mis amigos y amigas: el viaje fue duro y soy demasiado débil para resistirlo, perdónenme. Al mundo: fuiste muy cruel, pero te perdono».