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LA MALETA…

Escrito por el 11 febrero 2021

QUE TE LLENA DE LUZ Y ABRE LAS PUERTAS DE TU NUEVA CASA.

El siglo XX y este XXI quizás han sido los de las migraciones de millones y millones de emigrantes por todo el planeta. Guerras, hambrunas, conflictos entre diferentes bandos, desastres naturales, supervivencia económica, la búsqueda de un futuro menos cruel que el pasado y el presente… Cientos de millones hemos pasado de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro, de una dictadura a una democracia, de un sur a un norte, de un Oriente a un Occidente, de un desierto a un bosque, de una selva a un pueblo, y de una orilla a otra, para intentar darle un cambio a nuestras vidas.

Foto: Organización Mundial de las Migraciones

Creo que todos los que nos hemos asentado al otro lado, nunca olvidaremos el momento en que preparábamos la maleta para el viaje sin retorno. Unos lo harían en la completa intimidad, y otros, acompañados de familiares y amigos que aconsejaban qué llevar y qué dejar en casa.

La maleta es una de las señas de identidad del ser humano. Algunas veces solo significa un viaje corto con regreso y, en las más ilusionantes a la vez que dolorosas, representa un adiós a tu pasado y un saludo a una expectativa atestada de miedos y sueños. Todos los que emigramos llevamos dentro de ella nuestros afectos presentes y pasados, las pequeñas felicidades de las que hemos gozado, los grandes o diminutos éxitos, junto con las prendas que, creemos son indispensables para nuestra nueva vida. También van en ella las fotografías de los que amamos, algunos pequeños detalles de amor que algunos nos entregaron en el momento de la despedida, pequeños y grandes trozos de nuestras vidas y quizás, algún presente para quien nos recibirá en el otro lado que, una vez lo tocamos, comienza a ser el lado nuestro.

Fuera de la maleta dejamos el dolor, las frustraciones, los grandes y pequeños fracasos, los amores fallidos, todo aquello que pudo haber sido y no fue, e incluso lo más oscuro de nuestro pasado. Cuando decidimos emigrar rompemos con todo cuanto nos ata y nos entristece el alma. Si no dejamos el tormento en el lugar de donde partimos, sabremos a ciencia cierta que, es posible que volvamos pronto, o que, así nunca lo hagamos, jamás llegaremos al lugar deseado, así habitemos por muchos años sobre él.

El que parte ya sabe que lleva su casa a cuestas. Si no la has metido dentro de tu maleta, si en su interior no viajan con nosotros ni las puertas ni las ventanas de nuestro lugar en la tierra, es seguro que nuestro interior nos grite todos los días que, así nos hayamos ido, nunca emprendimos la verdadera marcha. Todos somos del lugar que habitamos y no del que hemos dejado atrás. Este irá siempre con nosotros pero no puede convertirse en el lugar anhelado, en el único sitio deseado ni en la aldea del eterno retorno.

Cuando pisamos la tierra que hemos escogido como nuevo hogar, esa tierra que tocamos ha de envolverte, seducirte y conquistarte. Una vez allí, en el momento de abrir la maleta, debemos entender que hemos traspasado la puerta de nuestra nueva casa y abierto la ventana para que a través de ella entre la luz que desde ese preciso instante nos va a iluminar.

Si conseguimos que esto suceda, es seguro que estaremos convencidos de que ya nunca más necesitaremos de la maleta. La más grande prueba de la integración en la tierra nueva es que no vuelvas a pensar en ella si no es para emprender un viaje de visita. En ese periplo de placer, la maleta jamás llevara dentro ni los cimientos ni los lugares de acceso o salida de tu casa. Por supuesto que esa maleta jamás será esa que al partir de tu antigua casa llevaba dentro esa vida que tan tranquilamente ahora te arropa, esa misma que ha echado raíces en la que alguna vez fue para ti la nueva tierra.

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